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Por: Juan Dufflar Amel
29 de enero del 2008
El genocidio que Israel comete impunemente contra la población civil en la Franja de Gaza confirma el tipo de solución propugnada por el régimen sionista de Tel Aviv al cruento conflicto israelo-palestino.
Es desesperada la situación humanitaria de un millón 500 mil palestinos hacinados en el empobrecido territorio a causa de las operaciones militares de Israel y sus severas restricciones a los suministros de energía eléctrica, agua, alimentos, medicinas, a la entrada de ayuda exterior. A estas deshumanizadas medidas se suma el bloqueo al acceso o salida del territorio de sus habitantes.
Agotadas las reservas de medicamentos en los centros hospitalarios, cientos de heridos por los bombardeos y de enfermos tienen muy escasas probabilidades de subsistir, si no reciben de inmediato suministros del exterior.
La falta de combustible para hacer funcionar los equipos que generan electricidad obligan a los habitantes de Gaza, sumidos en la oscuridad, a quemar madera para cocinar o calentarse debido al intenso frío.
Ante la tragedia que alcanza ribetes de catástrofe, las alegaciones pacifistas de Olmert durante las conversaciones con la Autoridad Palestina, y la gira de Bush por el Oriente Medio, fueron simples pantomimas, “júbilo hervido en trapo y lentejuelas”.
Desde hace sesenta años, la concepción del gobierno de Israel para alcanzar la paz con los palestinos transita por el exterminio de su población, el propósito de perpetuar sus colonias en los territorios ocupados y el deseo de hacer realidad sus objetivos expansionistas de crear un gran estado sionista desde el Nilo hasta el Éufrates.
Mientras en Tel Aviv y Jerusalén el premier israelí, Ehud Olmert, ensayaba ante la prensa amplias sonrisas en efusivos abrazos de complacencia con Bush, en la Franja de Gaza, tanques, aviones y helicópteros israelíes proseguían la masacre de civiles y el asesinato selectivo de sus dirigentes, que han cobrado ya la vida de más de 150 palestinos, entre ellos niños, mujeres y ancianos.
Enero ha vuelto a ser escenario de una nueva arremetida sionista, iniciada apenas horas después de que los representantes palestinos e israelíes concluyeran su primera sesión negociadora, cuando fuerzas terrestres y tanques israelíes irrumpieron en el barrio Al-Zeitun, en la Franja de Gaza, disparando a mansalva contra la población, con un saldo de 16 miembros de la resistencia palestina y 3 civiles asesinados, más de 50 heridos y decenas de detenidos.
Al mismo tiempo, como escarnio, y de acuerdo con las advertencias hechas por el Olmert, obreros y excavadoras israelíes comenzaban la construcción de 60 viviendas para judíos en Jerusalén Este, zona prevista como capital del futuro estado palestino.
La ofensiva israelí contra una inerme población, que se realiza ante la pasividad del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, regido por el veto de Estados Unidos, no se detuvo ni antes, ni durante o después de la Cumbre de Annapolis.
En su reporte mensual, la Institución de Solidaridad Internacional para los Derechos Humanos señaló que las fuerzas de ocupación israelí incrementaron, en el mes de diciembre, su política de represión contra los ciudadanos palestinos causando la muerte de 68 en Gaza y Cisjordania, gran parte de ellos ultimados en operaciones militares de asesinatos selectivos.
Durante el citado mes, los ocupantes sionistas intensificaron sus salvajes campañas de arrestos, elevando a 450 la cifra de civiles encarcelados, de ellos numerosos menores de edad y mujeres.
A pesar de la ola de condena internacional, tanto el premier sionista, como su ministro de Defensa Ehud Barak, han afirmado que no suspenderán los castigos colectivos a la Franja de Gaza hasta tanto no cese la resistencia de Hamas, ni el lanzamiento de cohetes contra Tel Aviv, lo cual equivale a mantener su inhumano bloqueo.
En fin, la “paz” que Israel propone a los palestinos es la misma que la que los verdugos le aseguran a sus víctimas: la del sepulcro. |