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La Conferencia de Paz para el Medio Oriente se consideró un parto con fórceps en el cual Geoge W. Bush y Condoleezza Rice fungieron de comadronas
 

Por: Juan Dufflar Amel
8 de diciembre del 2007

Acallados los sensacionalistas titulares de prensa, desvanecidas las luces de las cámaras de Televisión y de los flashes fotográficos, que dejaron constancia de los protocolares apretones de manos, de las caras sonrientes y los retóricos discursos, la efímera Conferencia de Paz para el Medio Oriente, en Annapolis, dejó tras sí la sensación de ser “más de lo mismo”.

Ensombrecido desde la víspera con nuevos asesinatos de civiles palestinos por el ejército israelí, y signada por las manifestaciones de protesta en su contra, el pesimismo, la desconfianza y la incertidumbre, el cónclave se consideró un parto con fórceps en el cual Geoge W. Bush y Condoleezza Rice fungieron de comadronas.

A pesar de que el mañoso presidente norteamericano y su secretaria de Estado trataron de insuflarle optimismo a los dubitativos países árabes y a la comunidad internacional sobre el “añorado encuentro” con sus profusas declaraciones de que el premier israelí, Ehud Olmert, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, estaban dispuestos a concertar la paz, en el apacible retiro de Maryland, tan alejado del convulso escenario del conflicto, no se produjo ningún hecho trascendental que permita avizorar el éxito del empeño.

De antemano, la exclusión como interlocutor del movimiento de resistencia palestina Hamas, que, en contradicción con Al-Fatah, ha formado un gobierno paralelo al de la Autoridad Nacional Palestina en la Franja de Gaza, asiento de un millón 500 mil palestinos, preludió el limitado alcance de la reunión, convocada y organizada a iniciativa de Bush.

Sin acuerdos ni compromisos concretos por parte de Israel, salvo los de futuros encuentros, sus inciertos resultados evidenciaron, una vez más, la falta de voluntad política del Estado sionista para rebasar sus antagónicas posiciones con los palestinos, restituir sus inalienables derechos y lograr una solución de paz, justa, global y permanente al sangriento conflicto.

Desde los fallidos Acuerdos de Camp David, adoptados en la Conferencia de Paz para el Oriente Medio, celebrada en Madrid en 1991, que estableció el principio de “tierra por paz”, y pasando por los de Oslo, Wye Plantataion y Shar el Sheij, hasta el presente, larga, infructuosa y frustrante ha sido la ruta de las negociaciones palestinas con Israel.

Y en esta nueva Conferencia, Tel Aviv no ha mostrado intención alguna de devolver los territorios ocupados árabes durante la Guerra de los Seis Días, ni de levantar el cerco militar sobre estos, retornar a las fronteras del 4 de junio de 1967, desmantelar sus colonias y el muro de segregación, liberar a los 11 mil presos palestinos sus cárceles, y permitir el regreso de sus millones de refugiados.

La creación de un estado palestino independiente y soberano, con Jerusalén como capital, no apareció tampoco como tema crucial de la agenda de la Conferencia de Paz para el Oriente Medio, limitada a un intercambio inicial de opiniones para una hipotética solución del prolongado conflicto.

Solución a la que puede abrir cauce la inmediata aplicación de las Resoluciones 181,191 y 242 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, incapaz hasta hoy de ponerlas en práctica por el poder de veto norteamericano.

Pero, además, el gobierno de Israel insiste en su reconocimiento como estado exclusivamente judío en el que los ciudadanos no judíos -el 25% de la población israelí- serían tratados como ciudadanos de segunda clase.

Bush, que por sus descalabros en las guerras de Afganistán e Iraq, no ha podido mostrar ningún éxito en su política exterior, se empleó a fondo en renovar los contactos entre israelíes y palestinos estancados por siete años, el mismo tiempo durante el cual ha ocupado la presidencia de Estados Unidos.

De hecho, éste es el primer intento que el hipócrita presidente norteamericano lleva a cabo “en favor de la paz en el Oriente Medio”, para restaurar su maltrecha imagen y proclamarse paladín de un acuerdo israelo-palestino, muy lejos aún de fructificar por estar atrapado entre la rama de olivo y el fusil.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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